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El conventillo de la calle Dardignac era uno de los cien o doscientos conventillos de la ciudad, en su mayor parte propiedad de gente conocida y tenida por honorable, rentistas, millonarios de apellidos más rancios que el olor de sus pies o de sus sobacos, y otros. Tenía una entrada de zaguán, un patio y varios excusados y llaves de agua. El pavimento del patio era de adoquines y en su centro las mujeres o sus maridos habían levantado construcciones ligeras, de cartón y lata, bajos las cuales podían lavar y hasta cocinar. La pieza de José Santos y Aniceto estaba al final del zaguán, a mano derecha y era la primera en ese lado. El zaguán se formaba, al poniente, por el muro de la pieza que ocupaba el mayordomo, don Darío, obrero municipal o algo parecido, y al oriente, por el muro de otra pieza que, como la del mayordomo, tenía también salida a la calle: estaba ocupada por un obrero zapatero, su mujer y dos niños. ninguna pieza tenía allí excusado privado, mucho menos agua. Para sus necesidades, como se dice, todos debían acudir al excusado que les quedaba más cercano o les gustara más y a la llave más a mano para sacar y acarrear agua a sus piezas. Niños y niñas pequeños vagaban todo el día por el patio, y al atardecer, si el mayordomo olvidaba dar las luces, los niños y niñas, tomados de la mano y con una música muy rudimentaria, cantaban dos versos pareados que alguien, quizás los mismos niños, había compuesto:
“Prenda la luz, don Darío,
que ya es tarde y viene el frío”
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